SEXO Y RELACIONES HOMOERÓTICAS CON HOMBRES CASADOS, BISEXUALES Y HOMBRES QUE TIENEN SEXO CON OTROS HOMBRES (HSH)


Hace unos días le echaba una mirada a mis contactos de Whatsapp, como cualquier ocioso con tiempo libre, cuando en esa larga lista mi atención fue capturada por una imagen de perfil muy particular. En ella estaba F, uno de mis ligues fugaces, acompañado de la que parecía ser su novia, de la que por supuesto me había hablado. La bisexualidad de F nunca fue un secreto para mí, habíamos acordado llevar una comunicación ultra secreta, un detalle que más que desilusionarme por la poca interacción que esto significaba, parecía en cambio excitarme y servir de caldera para cocinar las más descabelladas fantasías. Fue F quien me contactó a través de una página; recuerdo que sentí escepticismo al ver su perfil en el que no podía ver su rostro, pero los detalles de su descripción parecían esconder al otro lado de la pantalla a un chico de 23 años con una sexualidad intensa y atractiva, sobre todo por su carácter dominante y atrevido y quizá poco ortodoxo. Cuando lo agregué a Whatsapp y vi su foto de perfil me fui de pies arriba, no esperaba que F fuera un chico tan guapo y que además estuviera tan interesado en conocerme.

Nuestra interacción por medio de mensajes fue intensa, cargada de cachondería, sexting, mensajes de voz, vídeos, y la promesa expresa de que jamás debía contar a nadie sobre nuestra relación. Fui leal y me adecué a las reglas que impuso desde el primer momento: jamás ser yo el que le mandara un mensaje hasta que él no tuviera la iniciativa, respetar su vida personal, entender que su interés por mí era puramente sexual, y que la posibilidad de llegar a conocernos en persona era de 1 en 1000. Al principio ninguna de estas reglas me resultó molesta o difícil de cumplir, pero debo aceptar que con los meses la adrenalina o la morbosidad de tener una relación secreta con un hombre bisexual pasó del éxtasis psicológico a un franco desinterés. Las semanas para volver a tener noticias de él se extendían demasiado, o aquellas veces en que él estaba en modo de conversar o enviarme algunas de sus fotos yo no estaba en el mismo canal.

Los meses pasaron y parecía que aquellas conversaciones se habían terminado. Lo seguía manteniendo en mi lista de contactos, pero todo apuntaba a que F no volvería a comunicarse conmigo, recuerdo incluso que en alguna ocasión mientras hablábamos él no había hecho otra cosa que contarme de las peleas con su novia y de su temor porque la chica pudiera leer sus Whatsapps. Para no ser un problema en su vida, decidí dar por muerta nuestra extraña relación. Unos siete meses después de nuestro último mensaje, F se comunicó conmigo para hacerme saber que estaría unos días de vacaciones en la ciudad y que quería conocerme.

Mi primer pensamiento fue de sorpresa, volver a tener noticias de F parecía imposible. Y aunque mi pene se había endurecido por el hecho de imaginar estar a su lado después de haberlo deseado tanto, tenía un presentimiento de que todo ese plan quedaría en el aire. Aun así, le seguí la corriente, hicimos planes y guardé cierta esperanza porque el encuentro llegara a hacerse realidad. Después de una serie de imprevistos, la mañana de un sábado estaba frente a la puerta de su habitación de hotel, tras haber seguido una serie de indicaciones de esta clase de príncipe caprichoso, apunto de llevar a cabo todas las fantasías que habíamos hablado meses atrás por Whatsapp.

Y sí, esta historia tiene un final feliz, al menos en los términos sexuales. De forma precipitada, bajo un ambiente de nerviosismo por no ser descubiertos, nos desnudamos y nos entregamos el uno al otro con una rabia sexual arrebatada, salvaje, ansiosa. F era el mismo chico dominante de su perfil en internet, capaz de hacerme perder la cabeza e incluso la dignidad para cumplir sus deseos y fantasías sin recibir más que el placer interno de ser suyo. Y debo decir que eso me era suficiente. Después de todo, F veía en mí la única posibilidad de cumplir un deseo reprimido por estar con un hombre, de vivir lo prohibido, de desatar una serie de emociones enjauladas que había reprimido durante no sé cuánto tiempo, por el hecho de haber elegido llevar una vida heterosexual ante el resto de la sociedad. Aunque para él yo no era más que un objeto de deseo, mi cuerpo y mi mente sentían un placer indescriptible. Era la primera vez que tenía sexo con un chico emparejado con una mujer. Y no sería la última.

Desde que tengo una vida sexual activa he platicado con toda clase de chicos, pero debo admitir que los hombres con vidas heterosexuales me resultan algo más atractivos. Quizá por lo prohibido, quizá por masoquismo, quizá por las implicaciones. Uno de mis grandes amores en mis años de preparatoria fue un chico heterosexual al que jamás pude hablarle o hacerle saber de mi existencia, y quizá desde ese momento aprendí a amar y desear de forma poco ortodoxa a esta clase de hombres con los que sé que es imposible tener alguna clase de relación íntima. Detesto a todos aquellos chicos que buscan las herramientas para llevar a un hombre hetero a la cama, ya sea embriagándolos, granjeándolos con regalos, favores o préstamos, o convirtiéndose en sus mecenas, comprando una fantasía en la que reciben el pago sexual aunque el hombre no sienta el mismo placer.

Tiendo a ser paciente y prudente al buscar a esos hombres que de una forma u otra les gusta tener sexo con otros hombres. Y ojo, estos no tienen que ser bisexuales o heterosexuales, simplemente deben llevar una vida social como heteros, tener esposa, novia, etc. Es cierto, hay muchos que son homosexuales reprimidos que jamás aceptarán su orientación sexual, pero he aprendido que no soy nadie para juzgar su elección y que en la cama todos los motivos que han tenido para vivir una doble vida no son de mi incumbencia.

Uno de las realidades que me ha permitido descubrir el relacionarme con esta clase de chicos, es saber que existe una gran cantidad de ellos. Por un lado, es muy triste que la homofobia social y la internalizada estén tan extendidas en nuestro país, quizás el mundo entero; la homofobia obliga a muchos hombres a vivir vidas dobles, reprimiendo su sexualidad y convirtiéndolos en personas atormentadas que tienden a la depresión, a la infidelidad e incluso a tener relaciones sexuales de riesgo. Muchas de las mujeres que viven con VIH o VPP lo han adquirido a través de sus parejas estables, y aunque no he encontrado una estadística, estoy casi seguro que muchos de esos hombres transmisores han tenido relaciones con otros hombres.

En Cuba los hombres heterosexuales que tiene sexo con otros hombres es algo común, conocido entre familias y relaciones conyugales. El llamado pinguero, un sexo servidor, es aquel hombre que ha tenido que trabajar en el oficio sexual para ganar mejores ingresos en un país tan consumido por la pobreza y la falta de oportunidades. Los turistas homosexuales que viajan a Cuba, van con el objetivo premeditado de tener sexo barato con hombres heterosexuales, bisexuales y homosexuales, tal es así la fama de esta isla. En México ocurre algo medianamente parecido, los chichifos, los sexo servidores y los llamados mayates  y chacales son la mejor representación de hombres que tienen sexo con otros hombres al encontrar en el oficio una forma de sustento.

Pero la satisfacción personal es muy diferente. Mi fijación siempre han sido los hombres que tienen sexo con otros hombres por placer y no por beneficio monetario. Y como ya lo he dicho, son más de los que nos imaginamos. Por medio de clasificados que he dejado en páginas de internet o Facebook buscando hombres casados para tener encuentros sexuales, he llegado a conocer a una gran variedad. He concretado encuentros con muy pocos, ya sea porque físicamente me resultan poco atractivos, o porque veo que el susodicho tiene un gran temor por ser descubierto y que esto sea un factor determinante para que el encuentro fracase. De los mejores experiencias que he tenido, además de F, también recuerdo a un futbolista, a un chavo de 19 años recién casado, a un trailero, a un fraile franciscano e incluso a un casado sadomasoquista que meses después me encontré en el autobús mientras llevaba a su hijo a la escuela o a un policía que me llevó a su casa y lo hicimos en la misma cama donde todas las noches dormía con su esposa. De este último recuerdo la frase que me dijo mientras me bajaba los pantalones: “No sabes cuánto había deseado esto.”

Para cerciorarme de que hablo con una persona real y no con un estafador, recurro a buscar sus perfiles de Facebook de modo stalker, ya que siempre hay quien permite que su perfil sea localizado  través de su número de celular. Claro, jamás mando una solicitud de amistad ni dejo rastro de que estuve viendo su perfil, no deseo convertirme en una molestia o en la razón para que su doble vida salga a la luz. Creo francamente que todos los cazadores de casados o heteros que no saben distinguir entre lo casual y lo sentimental de estas relaciones cometen una grave equivocación y llegan a ser molestos e indeseables. Al hombre con vida hetero lo que menos le interesa es ser descubierto por su pareja o familiares y por eso hay que saber separar sexo y vida.

¿Qué he encontrado en sus perfiles? Cosas tan sencillas y cotidianas como la imagen de padres de familia, hombres conservadores y seguramente de actitudes homofóbicas para proteger su identidad secreta; novios plenamente enamorados de sus chicas; hombres mujeriegos, y no faltan aquellos que fantasean ya admiran a las personas trans o los chicos travestis. Todos estos detalles encienden mi gusto por el sexo clandestino con hombres de vidas hetero. Al poder asomarme en esa parte de sus vidas o imaginar lo que viven cuando no estoy con ellos, puedo retroalimentar esta clase de fetichismo. La mayoría de ellos son hombres hypermasculinos, dominantes, con una sexualidad explosiva y con tantos deseos que ansían cumplir en la cama con otros hombres.

Pero lo mejor de ello es poder convertirme por una hora o una vida en secreto en sus confidentes, sus compadres, su funda, la persona con la que pueden desfogar el cuerpo. Hay algunos heterosexuales que aún estado casados les gusta ser pasivos en la cama con otros hombres. Hay otros que son versátiles y están dispuestos a experimentar. Y otros con una personalidad activa totalmente cerrada a ser feminizados, que jamás permitirían que les acariciaras las nalgas o les sugirieras que sean algo delicados. Es decir, jamás debes juzgar que un hombre que tiene sexo con otros hombres va a tener un rol de activo. Debo admitir que para mí el simple hecho de poder darle un beso negro a un hombre heterosexual es algo de lo que más me gusta hacer, pues la mayoría de ellos sienten una vergüenza increíble por esta parte de su cuerpo, pero cuando te ganas su confianza y les enseñas la magia de la estimulación de esta zona, sencillamente los vuelves locos.

Al final, me despido de ellos y de la mayoría no vuelvo a saber. Hay otros con los que después del sexo me dejan saber más de sus vidas, de sus trabajos, sus familias, sus relaciones o esa vida secreta. Algunos me llaman para un segundo encuentro. Algunos me presentan amigos. A F lo mantengo en mis contactos de Whatsapp, sinceramente esperando a que algún día me vuelva a buscar. Pero mientras así no suceda no intentaré buscarlo, pues siempre es mejor guardar la distancia.


Esta es la vida de un cazador de lo prohíbido.

1 comentario:

  1. Sencillamente excelente. Es el mejor contenido que he leído, me identifico porque es como el estilo de vida que llevo. Francamente no hay como disfrutar este tipo de relaciones con hombres prohibidos por así decirlo.

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