SEXO Y RELACIONES HOMOERÓTICAS CON HOMBRES CASADOS, BISEXUALES Y HOMBRES QUE TIENEN SEXO CON OTROS HOMBRES (HSH)


Hace unos días le echaba una mirada a mis contactos de Whatsapp, como cualquier ocioso con tiempo libre, cuando en esa larga lista mi atención fue capturada por una imagen de perfil muy particular. En ella estaba F, uno de mis ligues fugaces, acompañado de la que parecía ser su novia, de la que por supuesto me había hablado. La bisexualidad de F nunca fue un secreto para mí, habíamos acordado llevar una comunicación ultra secreta, un detalle que más que desilusionarme por la poca interacción que esto significaba, parecía en cambio excitarme y servir de caldera para cocinar las más descabelladas fantasías. Fue F quien me contactó a través de una página; recuerdo que sentí escepticismo al ver su perfil en el que no podía ver su rostro, pero los detalles de su descripción parecían esconder al otro lado de la pantalla a un chico de 23 años con una sexualidad intensa y atractiva, sobre todo por su carácter dominante y atrevido y quizá poco ortodoxo. Cuando lo agregué a Whatsapp y vi su foto de perfil me fui de pies arriba, no esperaba que F fuera un chico tan guapo y que además estuviera tan interesado en conocerme.

Nuestra interacción por medio de mensajes fue intensa, cargada de cachondería, sexting, mensajes de voz, vídeos, y la promesa expresa de que jamás debía contar a nadie sobre nuestra relación. Fui leal y me adecué a las reglas que impuso desde el primer momento: jamás ser yo el que le mandara un mensaje hasta que él no tuviera la iniciativa, respetar su vida personal, entender que su interés por mí era puramente sexual, y que la posibilidad de llegar a conocernos en persona era de 1 en 1000. Al principio ninguna de estas reglas me resultó molesta o difícil de cumplir, pero debo aceptar que con los meses la adrenalina o la morbosidad de tener una relación secreta con un hombre bisexual pasó del éxtasis psicológico a un franco desinterés. Las semanas para volver a tener noticias de él se extendían demasiado, o aquellas veces en que él estaba en modo de conversar o enviarme algunas de sus fotos yo no estaba en el mismo canal.

Los meses pasaron y parecía que aquellas conversaciones se habían terminado. Lo seguía manteniendo en mi lista de contactos, pero todo apuntaba a que F no volvería a comunicarse conmigo, recuerdo incluso que en alguna ocasión mientras hablábamos él no había hecho otra cosa que contarme de las peleas con su novia y de su temor porque la chica pudiera leer sus Whatsapps. Para no ser un problema en su vida, decidí dar por muerta nuestra extraña relación. Unos siete meses después de nuestro último mensaje, F se comunicó conmigo para hacerme saber que estaría unos días de vacaciones en la ciudad y que quería conocerme.

Mi primer pensamiento fue de sorpresa, volver a tener noticias de F parecía imposible. Y aunque mi pene se había endurecido por el hecho de imaginar estar a su lado después de haberlo deseado tanto, tenía un presentimiento de que todo ese plan quedaría en el aire. Aun así, le seguí la corriente, hicimos planes y guardé cierta esperanza porque el encuentro llegara a hacerse realidad. Después de una serie de imprevistos, la mañana de un sábado estaba frente a la puerta de su habitación de hotel, tras haber seguido una serie de indicaciones de esta clase de príncipe caprichoso, apunto de llevar a cabo todas las fantasías que habíamos hablado meses atrás por Whatsapp.

Y sí, esta historia tiene un final feliz, al menos en los términos sexuales. De forma precipitada, bajo un ambiente de nerviosismo por no ser descubiertos, nos desnudamos y nos entregamos el uno al otro con una rabia sexual arrebatada, salvaje, ansiosa. F era el mismo chico dominante de su perfil en internet, capaz de hacerme perder la cabeza e incluso la dignidad para cumplir sus deseos y fantasías sin recibir más que el placer interno de ser suyo. Y debo decir que eso me era suficiente. Después de todo, F veía en mí la única posibilidad de cumplir un deseo reprimido por estar con un hombre, de vivir lo prohibido, de desatar una serie de emociones enjauladas que había reprimido durante no sé cuánto tiempo, por el hecho de haber elegido llevar una vida heterosexual ante el resto de la sociedad. Aunque para él yo no era más que un objeto de deseo, mi cuerpo y mi mente sentían un placer indescriptible. Era la primera vez que tenía sexo con un chico emparejado con una mujer. Y no sería la última.

Desde que tengo una vida sexual activa he platicado con toda clase de chicos, pero debo admitir que los hombres con vidas heterosexuales me resultan algo más atractivos. Quizá por lo prohibido, quizá por masoquismo, quizá por las implicaciones. Uno de mis grandes amores en mis años de preparatoria fue un chico heterosexual al que jamás pude hablarle o hacerle saber de mi existencia, y quizá desde ese momento aprendí a amar y desear de forma poco ortodoxa a esta clase de hombres con los que sé que es imposible tener alguna clase de relación íntima. Detesto a todos aquellos chicos que buscan las herramientas para llevar a un hombre hetero a la cama, ya sea embriagándolos, granjeándolos con regalos, favores o préstamos, o convirtiéndose en sus mecenas, comprando una fantasía en la que reciben el pago sexual aunque el hombre no sienta el mismo placer.

Tiendo a ser paciente y prudente al buscar a esos hombres que de una forma u otra les gusta tener sexo con otros hombres. Y ojo, estos no tienen que ser bisexuales o heterosexuales, simplemente deben llevar una vida social como heteros, tener esposa, novia, etc. Es cierto, hay muchos que son homosexuales reprimidos que jamás aceptarán su orientación sexual, pero he aprendido que no soy nadie para juzgar su elección y que en la cama todos los motivos que han tenido para vivir una doble vida no son de mi incumbencia.

Uno de las realidades que me ha permitido descubrir el relacionarme con esta clase de chicos, es saber que existe una gran cantidad de ellos. Por un lado, es muy triste que la homofobia social y la internalizada estén tan extendidas en nuestro país, quizás el mundo entero; la homofobia obliga a muchos hombres a vivir vidas dobles, reprimiendo su sexualidad y convirtiéndolos en personas atormentadas que tienden a la depresión, a la infidelidad e incluso a tener relaciones sexuales de riesgo. Muchas de las mujeres que viven con VIH o VPP lo han adquirido a través de sus parejas estables, y aunque no he encontrado una estadística, estoy casi seguro que muchos de esos hombres transmisores han tenido relaciones con otros hombres.

En Cuba los hombres heterosexuales que tiene sexo con otros hombres es algo común, conocido entre familias y relaciones conyugales. El llamado pinguero, un sexo servidor, es aquel hombre que ha tenido que trabajar en el oficio sexual para ganar mejores ingresos en un país tan consumido por la pobreza y la falta de oportunidades. Los turistas homosexuales que viajan a Cuba, van con el objetivo premeditado de tener sexo barato con hombres heterosexuales, bisexuales y homosexuales, tal es así la fama de esta isla. En México ocurre algo medianamente parecido, los chichifos, los sexo servidores y los llamados mayates  y chacales son la mejor representación de hombres que tienen sexo con otros hombres al encontrar en el oficio una forma de sustento.

Pero la satisfacción personal es muy diferente. Mi fijación siempre han sido los hombres que tienen sexo con otros hombres por placer y no por beneficio monetario. Y como ya lo he dicho, son más de los que nos imaginamos. Por medio de clasificados que he dejado en páginas de internet o Facebook buscando hombres casados para tener encuentros sexuales, he llegado a conocer a una gran variedad. He concretado encuentros con muy pocos, ya sea porque físicamente me resultan poco atractivos, o porque veo que el susodicho tiene un gran temor por ser descubierto y que esto sea un factor determinante para que el encuentro fracase. De los mejores experiencias que he tenido, además de F, también recuerdo a un futbolista, a un chavo de 19 años recién casado, a un trailero, a un fraile franciscano e incluso a un casado sadomasoquista que meses después me encontré en el autobús mientras llevaba a su hijo a la escuela o a un policía que me llevó a su casa y lo hicimos en la misma cama donde todas las noches dormía con su esposa. De este último recuerdo la frase que me dijo mientras me bajaba los pantalones: “No sabes cuánto había deseado esto.”

Para cerciorarme de que hablo con una persona real y no con un estafador, recurro a buscar sus perfiles de Facebook de modo stalker, ya que siempre hay quien permite que su perfil sea localizado  través de su número de celular. Claro, jamás mando una solicitud de amistad ni dejo rastro de que estuve viendo su perfil, no deseo convertirme en una molestia o en la razón para que su doble vida salga a la luz. Creo francamente que todos los cazadores de casados o heteros que no saben distinguir entre lo casual y lo sentimental de estas relaciones cometen una grave equivocación y llegan a ser molestos e indeseables. Al hombre con vida hetero lo que menos le interesa es ser descubierto por su pareja o familiares y por eso hay que saber separar sexo y vida.

¿Qué he encontrado en sus perfiles? Cosas tan sencillas y cotidianas como la imagen de padres de familia, hombres conservadores y seguramente de actitudes homofóbicas para proteger su identidad secreta; novios plenamente enamorados de sus chicas; hombres mujeriegos, y no faltan aquellos que fantasean ya admiran a las personas trans o los chicos travestis. Todos estos detalles encienden mi gusto por el sexo clandestino con hombres de vidas hetero. Al poder asomarme en esa parte de sus vidas o imaginar lo que viven cuando no estoy con ellos, puedo retroalimentar esta clase de fetichismo. La mayoría de ellos son hombres hypermasculinos, dominantes, con una sexualidad explosiva y con tantos deseos que ansían cumplir en la cama con otros hombres.

Pero lo mejor de ello es poder convertirme por una hora o una vida en secreto en sus confidentes, sus compadres, su funda, la persona con la que pueden desfogar el cuerpo. Hay algunos heterosexuales que aún estado casados les gusta ser pasivos en la cama con otros hombres. Hay otros que son versátiles y están dispuestos a experimentar. Y otros con una personalidad activa totalmente cerrada a ser feminizados, que jamás permitirían que les acariciaras las nalgas o les sugirieras que sean algo delicados. Es decir, jamás debes juzgar que un hombre que tiene sexo con otros hombres va a tener un rol de activo. Debo admitir que para mí el simple hecho de poder darle un beso negro a un hombre heterosexual es algo de lo que más me gusta hacer, pues la mayoría de ellos sienten una vergüenza increíble por esta parte de su cuerpo, pero cuando te ganas su confianza y les enseñas la magia de la estimulación de esta zona, sencillamente los vuelves locos.

Al final, me despido de ellos y de la mayoría no vuelvo a saber. Hay otros con los que después del sexo me dejan saber más de sus vidas, de sus trabajos, sus familias, sus relaciones o esa vida secreta. Algunos me llaman para un segundo encuentro. Algunos me presentan amigos. A F lo mantengo en mis contactos de Whatsapp, sinceramente esperando a que algún día me vuelva a buscar. Pero mientras así no suceda no intentaré buscarlo, pues siempre es mejor guardar la distancia.


Esta es la vida de un cazador de lo prohíbido.

TESTIMONIO DE UN INFIEL EN REHABILITACIÓN


Soy de esos chicos infieles que intentan dejar de serlo. Hace dos años inicié una relación con un chico y mi mayor miedo era ponerle el cuerno, porque estaba en mi modo de ser esa ansiedad incómoda de sentirme atraído hacia el engaño. Es así de simple. Ni siquiera tenía que existir un motivo aparente para engañar a mis novios, a veces simplemente me entraban las ganas de tener sexo, y estaban allí las redes sociales tan a la mano y mi chico tan lejos, que terminaba liándome con otro en menos de un segundo. La verdad es cruel, pero nunca me había sido difícil ligar con otros, y tampoco había tenido nunca esa clase de remordimiento que atraviesan otras personas al engañar a sus parejas. Lo sé, moralmente soy un asco de persona. Afortunadamente, en aquella relación jamás fui infiel, me convencí a mí mismo de hacer las cosas bien con mi novio y me dejé en claro que no sería infiel con él, ni con ninguna futura pareja.

De algún modo, esa relación no funcionó y sin más, todo fue en picada hasta que terminamos. O bien él me terminó. Creo que me consideró alguien aburrido, poco interesado, o no sé. No dejo de pensar que de haber sido infiel, quizá, mi relación con él hubiera funcionado.

Ya me había sucedido otras veces. Mi noviazgo antes de conocer a este chico había sido uno de esos largos que se extienden más de un año, que ya es algo raro en el ambiente gay. Esa relación se extendió por varios años, y mi lista de infidelidades creció a tal punto que ahora mismo me cuesta hacer un conteo sin margen de error sobre los chicos con los que le puse el cuerno a mi ex. Todo comenzó desde la vez que conocí a un chico en un cyber al que le agradé, me invitó a salir y terminamos besándonos y fajando. Desde entonces no pude dejar de hacerlo, porque la adrenalina se había convertido en una clase de droga para mí, esa sensación de estar haciendo algo prohibido y ganando placer y orgasmos era adictiva. Jamás sentía remordimiento y puedo decir que era un maestro para evitar que mi novio se diera cuenta de todo lo que pasaba a sus espaldas. A veces, sentía que lo engañaba por todos los problemas que teníamos como pareja, por esos conflictos graves y sencillos que hacían estresante e incómoda nuestra relación. Pero otras veces estábamos bien, había amor de por medio y yo a su lado me sentía el hombre más feliz de la Tierra. Y con todo, los engaños seguían ahí. No puedo decir que había uno cada semana, eso es demasiado, pero quizá sí ocurría uno cada uno o dos meses, me iba a la cama con chicos con los que disfrutaba el sexo y era tan placentero como coger con mi pareja. Ellos venían a mi casa o yo iba a las suyas y tras consumado el sexo, yo volvía a mi vida habitual con una especie de sopor y tranquilidad. Mi relación funcionaba de maravilla, y cuando reflexionaba sobre lo que estaba pasando, de lo duro que significaba el engaño para mi pareja, por otro lado encontraba que mi relación con él funcionaba gracias a que yo era infiel, a que acostarme con otros me prevenía de sentirme atrapado en la rutina, que de cierto modo me hacía valorarlo más, pues lo que tenía con él, la confianza, los momentos, esa clase de familia, era algo que no encontraba con mis acostones exprés. Mi vida era tan parecida a la descrita en La insoportable levedad del ser versión homosexual. Cuantos más acostones tenía con otros, más duradero era mi noviazgo.

Si alguien del club de los moralistas y los éticos intachables, o bien de esos chicos fieles hasta la vena, me escucharan decir todo esto, seguramente me tacharían de promiscuo, sádico, cruel, puto y demás adjetivos de correspondencia negativa. Yo mismo, a veces, siento que sólo me justifico para sentirme menos responsable de una conducta destructiva ―si es que quiere vérsele de esta manera.

Lo cierto es que mis motivos son los motivos de muchos infieles. Y mi realidad también es la de muchos que durante años se han acostado con otras personas mientras mantienen una relación de pareja duradera, armoniosa y funcional, todo gracias al arte del engaño que requiere no sólo la maña de ser infiel sin que tu pareja se dé cuenta, sino la capacidad de confrontar el sentimiento de culpa y saber vivir con él. Si una vez le pusiste el cuerno a tu pareja y a la primera, segunda o tercera él o ella te descubrió, y tú terminaste arrepentido o pagando una penitencia, permíteme aclararte que no eres parte de mi club. Eres sencillamente un infiel más. Y no es que eso sea malo, pero no podrás identificarte con mi historia.

Nunca he vivido las consecuencias de mis infidelidades, dado a que mis parejas no se han enterado nunca de lo que sucede. Incluso siempre procuré tener relaciones sexuales seguras con condón para no exponer a mi pareja a ninguna ITS. Puedo decir, aún con esto, que a mi edad la infidelidad ha dejado de ser tan atractiva como lo era a mis 20’s. Deseo tener una pareja a la que entregarme en cuerpo y alma sin necesidad de ponerle los cuernos. Al principio me lo imponía como un reto, pensaba que me hacía falta probar la fidelidad, degustarla y enamorarme de ella, de convertirme en un respetuoso de la moral y enaltecer los valores que me inculcaron mis padres. Pero luego me di cuenta que esto era algo tonto, superficial, que debía querer ser fiel no como un reto, sino como una forma de vida, de ser honesto con el otro y conmigo mismo. Tuve incluso que aceptar que una parte de mí buscaba el engaño porque me sentía vacío e incómodo por dentro, que había algunos problemas por resolver con el psicólogo para entender que yo era adicto a la atención de los demás, por motivos de vivir en una familia desarticulada, cosa de la que prefiero no hablar en este artículo.

Así, sencillamente, a veces me nace la idea de que mi próxima relación será la ideal para amar a otro chico, pero que el karma descargará su ira sobre mí al mostrarme la otra cara de la moneda, en la que seré esta vez el engañado. Sé bien a lo que me expongo. Pero, en verdad, tengo que intentarlo. Sé que muchos se identificarán con mi historia y que a otros les provocará coraje. No puedo refutar lo que piensen, ni pienso justificarme. Vivo mi vida según mis conveniencias, porque esa es la ley de supervivencia. Si bien, sigo firme en la idea de que mi próxima relación será totalmente honesta y estaré abierto a que esta prospere o truene por causas ajenas a un engaño, al menos de mi parte, también sé que todos tenemos secretos que esconder y un pasado que puede ser oscuro. Simplemente hay que aceptarlo y aprender algo bueno de él. En mi caso, considero que mi pasado me ha enseñado a conocer quién soy en verdad y cuáles son mis límites personales. Sólo a través de esas experiencias es que he podido llegar a la determinación de acabar con mi conducta infiel. No me importa lo que tengan que decir los demás.

UNA REFLEXION SOBRE MI VIDA CON VIH A TRAVÉS DE “PEDRO” (2008)


En 1994 el cubano americano Pedro Zamora se convirtió en la primera persona viviendo con VIH que abiertamente exponía su diagnóstico ante un show televisivo, “The real world” de MTV. Había pasado una década desde que se escucharan los primeros casos del famoso cáncer rosa, que se sabría se trataba más bien del VIH, responsable del sida que ha fulminado la vida de millones en todo el mundo. Pedro, un chico carismático, atractivo e inteligente, fue una figura que cambió muchas cosas en los Estados Unidos desde que su lucha privada se hizo pública tan sólo atreverse a aparecer ante un programa visto por miles en toda la Unión Americana. Unos meses después de que pisara la casa de San Francisco, precisamente el día en que se transmitía el último capítulo del reality, Pedro murió en su hogar debido a una leucoencefalopatía multifocal progresiva asociada a su condición de sida.

Su aparición sirvió para exponer la humanidad de aquellas personas seropositivas que en aquellos años eran terriblemente discriminadas. Quizá en la actualidad ese rechazo se haya suavizado en cierta medida debido a los programas de capacitación entre el personal de salud, así como los impuestos por los gobiernos para educar a la población en general, y en mayor medida por el trabajo que han hecho miles de activistas y defensores de derechos humanos que viven con VIH o que se asocian a la causa. Precisamente el papel que Pedro desempeñó, sin saberlo, fue acercar a una población ignorante a la vida de alguien que vivía en carne propia el drama del VIH, con todo lo que ello conllevaba: el desquicio en “The Real World” de chicos asustados al vivir con un seropositivo, el desconocimiento de las verdaderas causas de transmisión, y la armonización que logró Pedro y compañeros al educarlos pacientemente sobre la historia del virus, rompiendo una serie de mitos en torno a su condición de vida.

En 2008 la misma compañía que produjo “The Real World”, llevó a la pantalla su historia en "Pedro". Fue dirigida por Nick Oceano y escrita por Dustin Lance Black (el mismo escritor de “Milk”) y Paris Barclay. Alex Loynaz encarnó a Pedro. En el filme podemos apreciar algunos momentos de la vida del joven mucho tiempo antes de su aparición en el reality show, como la llegada de su familia a los Estados Unidos desde Cuba como refugiados, su niñez y parte de su intensa adolescencia. Algunos críticos coinciden en que la película no retrata con exactitud a Pedro, quizá debido al carácter morboso con el que tratan el tema de su homosexualidad, en el que hay lugar a la interpretación de Pedro como un adolescente que adquiere VIH debido a una vida de intensa actividad sexual.

Sin embargo, considero que la realización del filme sirve como adición a la videoteca de vidas y personajes de personas seropositivas que fueron y serán protagonistas y dignificadoras de nuestra lucha. Sólo por el hecho de ser una historia próxima con la que muchos podríamos sentirnos identificados, vale la pena tomarla en cuenta.

Recuerdo que ver “Pedro” me dejó un sentimiento de inquietud que me duró varios días. La película es fácil de digerir porque no vemos el dramático proceso terminal de Pedro más que en pocos minutos. La película se centra en sus logros, y es de agradecerse el no cosificar al seropositivo sino dar pie a que exista una historia humana que contar.

Pero el simple hecho de ver a alguien tan joven perder la batalla, teniendo asegurado un futuro exitoso de haber seguido viviendo, me dejó pasmado y triste, meditabundo. No dejaba de preguntarme sobre todas las historias de las personas que tuvieron la desdicha de adquirir VIH en la década de los ochenta, de todos aquellos que jamás pudieron acceder a un tratamiento antiretroviral como el que tenemos hoy en día, o aquellos que fueron echados de sus casas, de sus trabajos, aislados de sus familias, amigos y sociedad. De aquellos que al morir fueron puestos en bolsas de basura y cremados. Aquellos homosexuales asustados por la muerte inminente, o deprimidos al saber que su futuro les había sido arrebatado. Creo que ese fue el drama que muchos vivieron y que hoy es difícil entender debido a los adelantos en la medicina.

Quizá estos pensamientos abrumadores se debieron a que el día en que me enteré que tenía VIH no fue precisamente una experiencia traumática, como ocurre con muchas otras personas. Al escuchar el diagnóstico de la doctora, sí, sentí escalofríos, pero acepté la realidad sabiendo que había tenido relaciones de riesgo en el pasado. Siempre había estado en mi cabeza la posibilidad de que viviera con VIH, pero no fue hasta ese día al tener por escrita la realidad, que supe cuál era mi futuro y que no me quedaba de otra más que salir adelante. Me concentré tanto en la meta que a pocos meses logré recuperarme casi al 100% de las condiciones deplorables en las que había llegado al hospital: anemia severa, pérdida de 10 kilos en menos de un mes, sólo 50 CD4 y millones de copias de VIH en mi organismo. Nunca me puse a pensar que todo esto junto era una carga tan pesada y que para muchos sería imposible de vencer. En mis pensamientos reinaba la idea de no dejarme caer, y puedo decir que lo logré, recuperé mi salud física y emocional, recupere mi confianza y volví a quererme tal cual soy. Esto no sólo se reflejó en mi físico, sino en las cosas buenas que vinieron durante los años siguientes, hasta el día de hoy, en los que puedo sentirme profundamente agradecido con la vida por haber alcanzado metas, por seguirme imponiendo retos, y sobre todo por saber que no estoy enfermo, que el VIH no representa en mi camino un obstáculo. Me siento imparable y ese sentimiento atrae éxito.

El VIH en mi vida significa tomar unas pastillas día a día, mis pastillas se encargan de mantener indetectable el virus en mi sangre, pero el resto depende de mí, de mantener las ganas por trabajar, por amar, por desear. Y todo esto resumido, al hacer una reflexión, significa demasiado…

Demasiado, en el sentido del esfuerzo: creo que he estado íntimamente enamorado de mí mismo durante estos años, que no he tenido tiempo para sentir tristeza o dolor por vivir con VIH, y fue por eso que cuando vi “Pedro” me cayó de peso el drama de las historias de vida de las personas que no tuvieron la oportunidad de vivir como lo hacemos hoy los seropositivos. Sinceramente eso me dolió. No soy filántropo, pero el pasado de la gente con mi misma condición no me puede ser indiferente. Al pensar en ellos siento tanta tristeza e incluso un dejo de vergüenza por ser un seropositivo que vive de forma positiva, sin dejarme amedrentar, por tener una salud noble, por ser aceptado y respaldado por mi familia y mis amigos.

En el lado negro de la historia de todas las personas que vivimos con el virus, sigue existiendo un drama que repercute directamente en nuestras historias de vida. Tristemente, la gente sigue juzgando que somos culpables de nuestra condición con VIH, quitándonos nuestra humanidad para convertirnos en símbolos de promiscuidad, enfermedad y penitencia. Para muchos es imposible entender que el VIH no es una enfermedad, la misma idea les parece ridícula. Y luego está el hecho del sexo mismo, cuántas limitantes morales existen en torno a las relaciones de los seropositivos: nos piden vivir en celibato, pero un 99 por ciento de esas personas en su vida se han realizado una prueba de detección.

Hay un sector de la comunidad gay seronegativa que considera que el hombre con VIH debe dejar de tener relaciones sexuales a costa de sus deseos y necesidades, e hipócritamente se nos hace responsable de las nuevas transmisiones, imponiendo en nuestra figura la responsabilidad única de cuidar al otro de no adquirir el virus, dejando de lado, ignorando, la responsabilidad individual de protegerse a sí mismo. La comunidad de hombres gay coge hoy más que nunca, con condón y a pelo. El hombre gay es apelero de closet pero serofóbico declarado. Me pregunto qué está haciendo la comunidad gay seronegativa para frenar el odio, además de seguir asegurando que esto de vivir con VIH  “te lo mereces por puto”.

Hay un alto grado de homofobia y serofobia en México. Sólo leer los comentarios que se hacen en las notas periodísticas que hablan del tema, me hace darme cuenta del poco conocimiento que se tiene sobre el VIH y lo negativo que esto significa. La gente es cruel y se siente con el derecho supremo de menospreciarnos. Los medios de difusión masiva por su parte han hecho poco para acabar con el estigma, en cambio siguen institucionalizándolo al hablar de personas que “contagian el sida”, al tratar el sida como peste, al no saber las notables diferencias entre VIH y sida. “Pedro” sirve para retratar los avances y los retrocesos de ese fenómeno en nuestra sociedad. En México puede decirse que el trabajo está hecho a medias.

En este lado oscuro y traumático, sigo teniendo miedo a encontrar pareja por la ansiedad que me provoca el hecho de ser rechazado y expuesto. O la de perder un trabajo por revelar mi estatus. O la de ser razón de burla. Agradezco no haberme topado con estas situaciones, pero sé que no estoy libre de algún día llegar a padecerlas.


En conclusión, mi vida con VIH en estos dos años ha tenido cosas buenas. No puedo decir que hayan ocurrido cosas malas. ¿Está mal que piense que soy afortunado? ¿Estaré siendo demasiado ególatra? ¿Estaré haciendo mal al vivir una vida común como el resto de la sociedad? Quiero creer que no a ninguna de estas preguntas. Me aferro a la idea de que el VIH no es ni será nunca una condicionante para celebrar la vida. Mi vihda.

Pedro Zamora
1972-1994

EL FETICHISMO DE LA LLUVIA DORADA

Ya he hablado anteriormente del tema de los fetiches y las fantasías sexuales, de hecho, es una de las entradas más visitadas en este blog. El sexo vende y como hombres no hay nada a lo que demos más vueltas en nuestras cabezas. Últimamente he visto los patrones de búsqueda por los que la gente llega a San Queer Potosí, y Google resalta el tema del fetichismo de pies, el sexo con mayates y chacales y la lluvia dorada. De los dos primeros temas ya hay entradas anteriores, pero el fetiche del golden shower nunca lo había tratado. Aprovechando que es tendencia ofrezco el espacio para el siguiente artículo.

Alguna vez un amigo me preguntaba cuál creía yo que era el morbo de la lluvia dorada, ¿qué era lo excitante de ser orinado o tomar la orina de otra persona? Antes de responderle “por placer”, me detuve a pensar con detenimiento y al final, mi reflexión más certera fue “por el placer de la humillación”. Creo que el fetiche de la orina va más allá de satisfacer un deseo de erotismo propio, tal como el acto de masturbarse y correrse o el del dolor y el placer que representa para el pasivo el hecho de ser penetrado. En el caso de la lluvia dorada, el receptor se excita por la simple idea de quebrantar un tabú al erotizarse con una sustancia de desecho del cuerpo de su pareja; desde el otro lado, el que da u orina, se excita al crear de una sustancia que deshecha un instrumento de poder sobre el otro, la marca de territorialidad y el sobajamiento momentáneo de su pareja. Tiene mucho que ver con el juego de rol del amo y el esclavo, en el que el primero tiene el derecho sexual y psicológico sobre el otro. Y aunque no hay sadismo de por medio ―si es que no se ha dispuesto en las reglas del juego―, el rol del receptor queda sujeto al deseo abusivo del otro.

¿ES UN JUEGO BONDAGE/SADOMASOQUISTA?
El placer del fetichismo de la orina puede considerarse parte del BSDM sin que necesariamente haya toda la parafernalia de la disciplina o la adición de instrumentos, espacios o códigos de vestimenta. Cualquier pareja puede prestarse a la dominación/sumisión para practicar la lluvia dorada. Sólo hace falta abrir la mente y dejar de ver la orina como un líquido de desecho de nuestros cuerpos. Después de todo, la orina sale por el mismo orificio que el hombre eyacula.

CON QUIÉN HACERLO
Si has estado pensando en practicarla, siempre hay que tener en cuenta que es un fetiche, y que no todas las personas están abiertas a experimentarlo, o sencillamente la excitación que a ti te produce, a ellos les puede repugnar. Por tanto, siempre hay que buscar a la pareja adecuada, ya sea entablando una charla previa en la que puedas analizar cuáles son los gustos del otro y si hay una puerta de entrada a la lluvia dorada. Si ves rechazo desde un principio a prácticas fuera del sexo convencional, es mejor no sugerirlo.

Las redes sociales se prestan para hablar de estos temas con mayor libertad, gracias al escudo que nos proporciona estar detrás de un monitor, y no frente a frente. Ya sea que te crees un perfil especial en alguna app o red social buscando directamente experimentarlo, o conocer un grupo de personas que toquen estos temas sin vergüenza o miedo, tienes la oportunidad de encontrar al adecuado. Siempre deja claro cuál es el papel que te gusta desempeñar: receptor o dador, también cabe la versatilidad.

ANTES DE
El fetiche de la lluvia dorada dispone de una variedad de modus operandi. Como cualquier acto de experimentación, siempre se empieza por uno mismo. No es que sea una regla, pero sería bueno que antes de vivirlo con otra persona, tengas la oportunidad de experimentarlo personalmente. Esto te permitirá resolver algunas dudas, como si verdaderamente este es tu fetiche por las cuestiones del sabor de la orina o el papel que quieres desempeñar al dar o recibir.

CÓMO HACERLO
Llevando el golden shower a la práctica con otra persona, el que orina puede hacerlo directamente sobre tu cuerpo. Si se practica dentro de una relación BDSM, el amo elige donde, si es una práctica cualquiera tú le sugieres el lugar. Puede orinar en tu boca, y nuevamente, dependiendo de las reglas que hayan impuesto previamente, la bebes o la escupes. Puede orinarte en el rostro, rociar tu pecho o cubrir todo tu cuerpo. Puede orinar en tus nalgas o ano, o en tus senos si eres chica trans. Pueden hacerlo en una regadera, en la tina, en el vapor, en un jardín, etc. Y lo mejor de esto es que no hace falta relacionar los roles de activo y pasivo en la práctica del golden shower, tanto el pasivo puede ser dador como el activo receptor. Recuerda que vivir un fetichismo no tiene que sujetarse forzosamente a los patrones del sexo convencional.

¿ES SEGURO?
La lluvia dorada es una práctica segura, considerada de bajo riesgo pues es imposible transmitir el VIH a través de esta sustancia. Las toxinas desechadas en la orina no son tóxicas al consumo humano, y tampoco es que el dador vaya a orinar cinco litros de una vez.  Eso sí, no significa que no se pueda adquirir alguna otra enfermedad bacteriana. Antes de llevar a cabo esta fantasía sexual deben tomarse ciertas precauciones, primordialmente no realizarla si se sufre de alguna infección en las vías urinarias o existe alguna afección en la uretra por la existencia de un virus o una bacteria. También, hay que prever aseo adecuado del pene. Además, hay que considerar realizar la práctica con una persona que no haya bebido alcohol o consumido medicina o alguna droga durante las últimas 12 horas. No es que beber la orina de una persona dopada te vaya a poner en su mismo estado, sino que beber esa orina conllevará beber un líquido de sabor desagradable, con mal olor y plagado de químicos.

PRECAUCIONES

Un plus es tomar solamente agua horas antes del juego. No jugos, no refrescos, no bebidas con alcohol, no bebidas energéticas. Es simple, todas las anteriores producirán un sabor y coloración intensos en la orina que podría echar a perder toda la experiencia. Una precaución posterior al encuentro, para quien ha bebido orina, es tomar agua para provocar que el cuerpo deseche lo ingerido luego de pocas horas. 

CINE: LOS HÉROES DEL MAL (2015)


El primer día de clase, Aritz (Jorge Clemente) intenta congeniar con una chica del grupo, resultando su intento de flirteo en un rechazo rotundo y un posterior altercado contra un compañero del grupo. A su defensa salta Esteban (Emilio Palacios), quien evita que Aritz sea apaleado, pero no humillado. Para colmo de Artiz, la buena fe de Esteban le viene mal, porque aquel primer día es precisamente la única oportunidad que tienen los muchachos de la escuela para ganar una posición entre castas. Aritz ha sido siempre un tipo solitario e inadaptado que intenta dejar de serlo. Esteban, por su parte, parece el tío listo y con agallas. Quizá la primera impresión sea el agua y el aceite, pero contra cualquier suposición, lo que surge es una amistad pura. Hasta la llegada de Sara (Beatriz Medina), una chica de carácter masculino que viene a completar el trío de los héroes del mal que entra a los supermercados para robar cerveza, desafía y ataca a los profesores o que corre por las calles en busca de venganza contra el bullie de la escuela. Al madurar su fortaleza emocional, crece un sentimiento de superioridad gracias al que pueden hacer todo a costa del mundo de los adultos. Aritz, Esteban y Sara experimentan más allá del alcohol, las drogas y el sexo. Cada uno a su manera mantiene una batalla interna y estas emociones parecen desahogarse a través de su compañía, pero esta misma se va haciendo difícil cuando Aritz siente que Sara se interpone en su amistad con Esteban. Hay sentimientos de ira, de celos. Aritz es acosado por su propia soledad y un pensamiento destructivo que lo hace sentirse continuamente rechazado. Piensa en el suicidio y su ira se desata, al nivel de llevar a Esteban y a Sara a optar por la distancia. Al final, los sentimientos homoeróticos que Aritz ha sentido desde un principio hacia Esteban parecen obvios, pero no desembocan, no maduran, la soledad lo destruye todo y doblega al trío entre el dolor y la muerte.

El madrileño Zoé Berriatúa (1978) escribió y dirigió en 2015 este drama que aborda de forma cruda la relación entre la juventud, el bullying, el sexo, las drogas y la depresión, un caldo bien preparado que resulta en una obra hecha para mantener al espectador en la butaca, revolviéndose los sesos entre sentimientos confusos que pueden ir desde un dejo de inquietud, al relacionar los primeros 30 minutos de la película con una historia superflua, característica de las películas de la vida de adolescentes frustrados entre el despertar sexual y el adolecer en un mundo realista donde todo parece estar dispuesto en su contra. Pero también, se revuelve el estómago junto al seso cuando, más allá del minuto 30, comenzamos a ver la historia de tres muchachos inmersos en una problemática de mayor relevancia, donde la violencia y los sentimientos de abandono cuecen una historia que resulta incómoda a la digestión. Y eso, les aseguro, no es malo.

El casting de Los Héroes del Mal me ha gustado por un detalle especial: pocas veces podemos ver cintas en las que los protagonistas y los personajes del medio nos sean tan próximos en la medida estética. No tenemos a chicos de treinta años intentando ser estudiantes de preparatoria. No tenemos tampoco a modelos de revista, sino a personas que necesitan poco maquillaje. Basta echar un vistazo a las escenas que suceden en el aula: un puñado de rostros de chicos y chicas comunes, corrientes, con una belleza ibérica tácita que no necesita exagerarse o disfrazarse para hacernos la película grata a la vista. Además, el soundtrack satisface al oído de una forma curiosa, la mayor parte del tiempo escuchamos acordes de música clásica que se combinan de una forma poco común el trío de adolescentes. Podríamos más bien esperar de fondo una tonada de rock o metal, en cambio, nos dan cucharadas de elegancia en medio de la violencia. El resultado podría ser chocante para algunos, pero a mí me ha resultado bueno.

Recomiendo Los Héroes del Mal porque logra provocar incomodidad en la psique. Pasamos del odio a la conmiseración por Aritz, un personaje de la sociopatía millenial que solemos criticar ensañadamente, creyéndonos jueces de la conducta, sin pensar directamente en los efectos que el desmembramiento social hace a las nuevas juventudes.

Aunque poco ligada a ser una película LGBT, ofrece un espacio breve para reflexionar lo crudo que puede ser cuando la soledad, la adolescencia y la sexualidad cruzan los caminos, intentando no estrellarse, intentando no causar demasiado daño. 


GAYS: MACHISTAS, CLASISTAS Y A DIETA



Me cansé de Grindr y los constantes estereotipos humanos a los que debemos apegarnos para ser galanes. Me cansé de no dar el ancho, el alto, el peso, los centímetros, el acento, la tes y hasta el posgrado. Me cansé de hablar con unos pectorales marcados y una verga de 19. Me cansé de mí mismo, de quererme y de aceptarme como soy. Me cansé de lamentarme por lo que nunca seré. Me cansé y tuve que mandar al carajo las citas por grindr, los mensajes pretenciosos, las divas, los machos, los esteroides y los millenials. Al final, el ambiente grindero terminó asqueándome.

Vivimos en un mundo comandado por la doble moral, repitiendo los errores contra los que “luchamos” en las marchas o en las discusiones en las que defendemos nuestros derechos como personas. En el ligue homosexual pervive una carnicería banal que termina reduciendo nuestra lucha, haciéndola absurda.


Mi experiencia en Grindr me ha formado la idea de que a los hombres gays nunca habrá quien nos dé gusto. En nuestra cabeza se ha grabado con hierro ardiente el patrón de la sensualidad y la masculinidad con el rostro de un modelo europeo al que difícilmente le llegamos el 80 % de los chicos en este país. Por si fuera poco, la guerra contra todo aquel que se comporta de forma “no masculina” se ha hecho corriente dentro de la misma comunidad. Está muy mal cuando un heterosexual te llama marica o puto. Pero es plausible y encantador cuando eres gay masculino y llamas loca o marica a otro gay por su comportamiento, su cuerpo o sus ideas.


Cada vez que leo “preferiría acostarme con una mujer antes que con un afeminado” intento imaginar si ese macho en potencia en verdad tiene la capacidad para hacer válidas sus palabras. Porque, si eres gay, ninguna mujer va a poder ofrecerte en la cama lo que un hombre. Es un pretexto absurdo que usamos con el único fin de agraviar y de demostrar nuestra homofobia interna.


Según nos han enseñado, la virilidad está enmarcada en la voz gruesa, la musculatura, el vello corporal, la forma de vestir, de hablar, los gustos, todo aquello que nos hace diferenciarnos de una mujer. Y entiendo también que estos conceptos construyen el erotismo del chico varonil. Yo mismo, al pensar en un hombre, busco lo “rudo” o lo “tosco”. Pero eso no me da derecho para considerar que lo que está por debajo tenga poco valor, poco atractivo o que deje de ser sensual.


Quiero dejar claro que este no es un discurso para abrir la mente de los homosexuales e inducirlos a que duerman con todo el que se les pone en frente. Hablo del poco respeto que existe entre nosotros provocado por la tendencia y la moda, por la ansiedad del físico perfecto, de la virilidad intachable.


Del mismo modo está la edad. Están los chavos, los chavo-rucos y los rucos. Los primeros repudian a los hombre maduros porque ¿a quién se le ocurriría pensar que un cuarentón sigue teniendo deseo sexual? Los segundos no quieren ser niñeras. Los últimos pasan de largo a otros hombres en su rango de edad, porque “me niego a crecer, me niego a aceptar que el cuerpo de mi semejante es igual de erótico que el del chavito de prepa”. ¿En serio?


Y sin lugar para la ausencia, no puede faltar el peso. ¿Cuántos chicos no han sido rechazados por los kilos que muestra la báscula? A veces no se trata sólo del sobre peso, sino del bajo peso. Los muy flacos y los muy gordos han de ser descartados del menú porque no están construidos ¡bajo estándares de “sanidad”!



Me quedó corto al enmarcar lo indeseables que nos hemos vuelto con el tiempo todos aquellos que formamos parte de la comunidad homosexual. ¿Alguna vez te has encontrado con perfiles clasistas? No bueno, como si te fueras a acostar con mi cartera... 

Nuestras relaciones están condicionadas de forma superflua. Tarde o temprano todo esto terminará por envenenarnos de soledad. Y sin embargo, bendito Grindr, te permites saber con quién no deseas relacionarte para el resto de tus días... La cama es otra cosa. Pero ¿estás seguro que darás el ancho a las exigencias del que está al otro lado del celular?

ENTRE EL SEXO Y EL ETERNO SILENCIO


Lo que a veces nos falta es tiempo. Lo que siempre nos falta, corrijo, es tiempo. Y la vida se nos va entre los dedos, como se nos escurre el semen cuando estamos a solas y no nos tenemos más que a nosotros mismos para darnos justicia. Pero hoy, sin quererlo, me sobró un poco de tiempo y entonces comencé a darle vueltas a una idea que rondaba por mi cabeza desde hace unos días. Después de haber visto una película porno en mi computadora para aliviar las ganas, me limpié los dedos y los restos de semen que había dejado la corrida sobre mi vientre y mi vello púbico. No sé por qué, pero me pregunté por qué el sexo casual está compuesto de tanto silencio. No hay que ser un intelectual para filosofar sobre este dato, pero quizá la mayoría de los hombres gays jamás nos preguntamos sobre el silencio que hace del sexo casual uno más de sus componentes inamovibles y justificables. Inamovibles, por el hecho de que no tenemos tiempo ni ganas para abrirnos emocionalmente hacia un desconocido. Justificables, porque parece absurdo querer contarle todo de ti a un individuo que has ligado por Grindr y que seguramente no volverás a ver en tu vida.
Seguramente este pensamiento se fortaleció después de haber visto esa porno con un par de minutos, tres a lo mucho, con diálogos entre Jake Bass, Paddy O’Brien y Gabriel Cross, diálogos burdos, con actuación pésima y una dicción forzada que me hacían recordar porqué el porno americano se disfruta mejor cuando los actores se dedican a coger y no a demostrar su falta de histrionismo. Lo cual es muy triste, porque de hecho, he visto películas eróticas y casi pornográficas (díganse con sexo explícito y sin censura) que me han resultado una maravilla, no por el hecho de que sean obras de arte, sino porque la trama y el sexo explícito logran combinarse de una forma agradable en la que el sexo no es solamente fan service sino un componente del libreto. Ahora bien, extrapolando la experiencia cinematográfica de esa película que vi (Men of Anarchy - MEN), ocurrió que de pronto, al sentar cabeza y recordar muchos de mis ligues, llegué a sentirme hundido en los irrefrenables silencios.
Muchos encuentros han sido efímeros por el calor tempestuoso de nuestros cuerpos, hemos cruzado algunas palabras en Internet para quedarnos de ver en algún punto de la ciudad, para luego vernos frente a frente, dar el visto bueno al material físico, proseguir a una alcoba, un baño, un hotel, un vapor, quitarnos la ropa, mamarnos, penetrarnos, besarnos con desesperación y eyacular el uno sobre el otro para volver a vestirnos y despedirnos sin preocuparnos por volver a vernos después, sin siquiera tener presente que más allá de un cuerpo de gozo, nuestro compañero en turno es una persona.
            Recuerdo cuando después de coger con mi ex, descansaba mi cabeza en su hombro mientras le acariciaba el vientre y platicábamos de tonterías o de cosas trascendentales, a veces le agarraba la verga o los testículos mientras él me platicaba alguna experiencia en su vida. Recordábamos mucho el pasado. Parecía que las pláticas eran tan amenas como ponerlo en cuatro y penetrarlo.
            Pero mi vida no ha sido siempre una relación de pareja. Ha habido un antes y un después de mi ex. Y será lo mismo cuando el destino se atreva a ponerme a un novio de nuevo en el camino. En ese lapso, habré conocido a un puñado de hombres silenciosos, con los que habré platicado no más de lo necesario. La última vez que me acurruqué en el hombro de un hombre desnudo me había sentido extraño, una parte de mí se negaba a hacer de ese ligue exprés un confidente. Platicamos de todo un poco antes y después de la primera cogida. Al amanecer fuimos a desayunar y más tarde volvimos con una pizza a nuestra habitación de hotel. Dormimos un poco y antes de irme volvimos a coger. Era la primera vez que hablaba de esa forma con un ligue efímero. Pero no tenía ganas de llegar a más con él, parecía que estaba siendo empujado de mi zona de confort para relacionarme con un nuevo hombre después de varios meses de soltería. Así que al despedirnos, sabía que sería la última vez que habríamos derramado nuestro semen sobre nuestros dedos. El sexo no había estado nada mal. Pero de momento, preferí el silencio.

            Y sé que desde entonces mi vida sexual se compone de gozo y tiempos mudos. Luego de un tiempo me olvido de muchas de las cosas de las que he hablado con ellos, pero es algo a lo que no le doy demasiada importancia. Lo mío se deberá a mi personalidad introspectiva y a mi timidez, pero sin duda, de la misma forma que los otros, me gobierna la inercia, la apatía y la poca necesidad por formar relaciones interpersonales con gente que ha servido para el fin común de eyacular, vestirnos y decirnos hasta nunca.

EL DERECHO A ELEGIR CON QUIÉN ME ACUESTO

Cuando escucho la frase sobre el derecho a decidir me vienen a la cabeza los temas del embarazo, la opción del aborto o el uso de los anticonceptivos. Pero es poco probable que en primera instancia recuerde algún debate moral sobre el derecho a decidir entre hombres, porque cómo no, si los hombres tenemos un derecho suscrito y personal sobre todas las cosas. O eso es lo que en el mundo comandado por machos estamos acostumbrados a creer. Pero luego viene la cuestión gay, y es ahí donde pensando bien las cosas me encuentro con un muro. Sí, este muro podría ser irónico, superficial y además ilusorio. Me refiero al derecho a decidir con quién me acuesto según mis estándares de atractivo, necesidades físicas y pretensiones sociales. ¡Qué va! Sólo haberlo escrito me ha hecho sentir un homosexual frustrado, una diva…

Pensé en el derecho gay a decidir tras haberme cansado del debate repetitivo que encuentro en los foros y grupos de las redes sociales en las que algún chico molesto se pregunta por qué algunos hombres rechazan a otros, y por qué existen esos hombres que se dan el derecho de pavonear el cuerpo como si fueran adonis intocables e inaccesibles. Esto es cierto, lo vemos seguido en el mundillo gay. Nunca falta el chico que es dolorosamente atractivo y que ve a los otros como seres inferiores. Pero este mismo mundillo es hipócrita y también ridículo: también están los especímenes gays que calificamos como chicos promedio con un atractivo ínfimo, pero eso sí, con autoestima empoderada, inflada con helio y que por tanto presumen de una belleza envidiable y con carácter de diva que sólo ellos mismos pueden ver frente al espejo.

Son esta clase de chicos los que suelen desatar el debate sobre el derecho a elegir. Mi pregunta no es si está mal lo que una diva hace, a fin de cuentas cada quien se pone sus propios obstáculos en la vida y ligar o no es cuestión de cómo nos desenvolvamos en el ambiente. Si nos creemos infinitamente inalcanzables y vemos a todos con desdén, es probable que nuestra mella será nunca estar conformes con quien se enamora de nosotros, y según el karma que nos toque, quizá conozcamos a alguien igual de atractivo que al conocernos nos considerara indigno de su cuerpo.

Lo que deseo saber es si en verdad está tan mal darnos el lujo de decidir con quién nos acostamos. Cuando voy a sitios de ligue siempre es fácil detectar a las divas, a los relajados y a los chicos fáciles. Son más los últimos que los primeros, y quienes quedan en medio, creo yo, son aquellos que viven a gusto con su físico y con el de los otros y que más allá de darse el lujo de decidir si son dignos o no de otros hombres, ligan con paciencia y se aventuran a conocer bien sus defectos y sus virtudes físicas para sacarles provecho. La gente de aire relajado es para mi gusto la más atractiva y con la que coges con éxito y satisfacción.

Por el contrario, los chicos diva sienten que sus cuerpos deben ser idolatrados durante el acto sexual y son reacios a devolver el mismo placer.

Y están aquellos que jamás se cuestionan sobre conceptos de atractivo. Lo que desean es coger y su fijación es el acto sexual. Son los que en Grindr o en alguna página de clasificados escriben de forma directa que no les importa el físico, la edad o la condición social. No los llamo “fáciles” refiriéndome a la promiscuidad, sino a su desenvolvimiento en el ligue homosexual. Para ellos es más fácil tener encuentros sexuales, pues no se ponen baches al elegir. Si todos fuéramos como ellos sin duda podríamos considerarnos una comunidad sin diferencias.

Pero el mundo es otro muy diferente. Y en éste, no puedo negar que me resulta difícil acostarme con cualquiera. Por lo general no cojo con el primero que tengo de frente y sería hipócrita si dijera que no me es importante el físico. Me explicaré de forma sencilla para no pasar por una diva: me gusta elegir no por el concepto de belleza suprema y perfecta. Me gusta elegir con quien cojo por algún detalle que me guste en él, quizá su cara, quizá su culo, quizá su personalidad. No buscaría nunca coger con un chico modelo, no por sentirme inferior sino porque la perfección puede ser efímera. No soy de aquellos que se fijan en los centímetros del pene o en lo duro del culo. Pero sí soy de los que creen tener el derecho a elegir quién me resulta atractivo para un encuentro sexual y quién no, así como sé que en esta regla estoy indudablemente bajo la lupa de quienes me puedan considerar atractivo, promedio o desagradable. Ese es el juego.

En perspectiva, solamente veo la importancia de la relación entre albedrío con la satisfacción. Mi gozo es resultado de mi elección. No tendría relaciones con alguien con quien no encuentro química física sencillamente porque sé que no lo disfrutaría. Y al mismo tiempo, sé que el que un chico que me guste demasiado no garantizará que el orgasmo sea el mejor de mi vida. Puede que nuestro encuentro sea un fracaso. Créanme, me ha sucedido. Y no dudo que al chico modelo le haya ocurrido lo mismo con alguno de sus ligues.

La meta es coger, sí. Pero cada uno pone sus reglas. Y ése es nuestro derecho. Como al ir a pedir trabajo, en algunos serás requerido por tu potencial, y en otros serás desechado porque te ha faltado algo. ¿Y qué? ¿Por qué hacer un drama?  En serio, hay chicos que desgastan una energía tremenda maldiciendo y juzgando a todos aquellos que parecen darse el lujo de elegir. ¿No será que en el fondo hay sentimientos de rechazo o egoísmo que motivan tanta crítica? Tan fácil que es pasar de largo de aquellos que te dicen no para encontrar a alguien que se interese por gusto y no por obligación en tu persona.

En conclusión, tanto los chicos con humor de divas como aquellos con sentimiento de “si lo que quieres es verga ¿para qué te fijas en la cara?” tendrían que reconsiderar hasta qué límite el físico rige sus relaciones sexuales. Lo ideal sería estar siempre en la media.

GAYS, SEXO Y DISCAPACIDAD


Durante mucho tiempo el binomio de hombría y homosexualidad parecía ser prácticamente irreconciliable. Mientras que la primera estaba ligada al machismo, la fortaleza física, la virilidad y el poder, la segunda merecía apelativos discriminatorios que hacían pensar que un homosexual era un hombre fracasado. El afeminado, el fifí, el invertido, el 41, entre muchos otros peyorativos, referían solamente a aquellos varones incapaces de figurar en el concepto de la hombría. Estas ideas afortunadamente en muchos países se han transformado para dar lugar a la diversidad; ya no hablamos de una masculinidad sino de masculinidades, atendiendo conceptos y figuras muy amplias. Aunque no todo es color de rosa y menos en México —el segundo país más homofóbico de América—, nos estamos educando para comprender y aceptar la existencia de un hombre heterogéneo: no solo hablamos de varones heterosexuales y homosexuales, sino de varones trabajadores, profesionales, padres de familia que se dedican a las labores del hogar, hombres que comparten el sustento de ese hogar junto a sus mujeres, padres solteros, hombres viriles, hombres delicados, hombres promedio, hombres transexuales, hombres bisexuales, hombres intersexuales y hombres que trascienden de la feminidad a la masculinidad de un solo paso. Y eso se refleja mucho en la fauna homosexual: he ahí el nacimiento de los osos, twinks, chacales, mayates, queer, afeminados, varoniles, etc., etc.

Pero hay hombres homosexuales que parecen haber sido olvidados, chicos cisgénero y transgénero que parecen haberse quedado fuera en ese proceso de armonización de las masculinidades contemporáneas y que han de aguardar a que se gire la mirada hacia su inequívoca e innegable existencia. Me refiero a los homosexuales que viven con alguna discapacidad, al entender esta palabra como la condición vitalicia en la que se carece (en comparación al promedio) por nacimiento o por cualquier factor ajeno a éste alguna cualidad corporal, ya sea motriz, visual, vocal, cromosómica o neurológica. Y es que es cierto, existen hombres gays sordos, invidentes, con alguna parálisis, con alguna amputación o una condición como puede ser síndrome de Down —por nombrar un ejemplo entre muchos.

¿Cuántas veces en la vida te has preguntado sobre estos chicos? Probablemente esta sea la primera vez que lo tomes en cuenta. Entonces bien, es este el motivo por el que la reivindicación de la masculinidad ha dejado de lado al hombre homosexual discapacitado, haciendo de ellos meras sombras que se voltean a ver con dejos de lástima y hasta desdén o apatía.

Gays, sexo y discapacidad no son un trinomio irreconciliable al tratarse de una condición humana existente en la naturaleza. En primera instancia podría resultarnos inconcebible la idea de que un gay con síndrome de Down pueda tener relaciones sexuales. Pero esta reacción, a mi parecer, está relacionada con el hecho de que se nos enseña a compadecernos del hombre con discapacidad, y no a comprenderlo, como si se tratara de un niño, porque ¿no es eso lo que hacen los padres con sus hijos?: intentar protegerlo de una sexualidad entendida como pecaminosa, un fenómeno natural exclusivo de la vida adulta, un fenómeno relacionado con la moral, una capacidad para cuerpos formados y bien desarrollados. Bien pues, esta ideología nos hace ver al individuo con alguna discapacidad como un ser inocente e indispuesto para sostener relaciones sexuales, para desear y ser deseado.

Los chicos gays con sordera, los chicos gays autistas, los chicos invidentes, los que han nacido con un miembro menos, los que han pasado de una vida “normal” a una “especial” tras un accidente o una enfermedad, también sienten deseo como el resto de la población. La sexualidad no es exclusiva de un hombre con todas sus facultades intactas. Esto nos debe ser suficiente para reivindicar las masculinidades diversas; para permitirles a ellos vivir libremente su deseo sexual sin sentirse avergonzados. No viven una incapacidad sexual, ni han sido privados orgánicamente ni psicológicamente del gozo del sexo. Parecería que más bien al dejarlos de lado, hemos sido nosotros quienes hemos enclaustrado su gozo, limitándolos a ellos y convirtiéndolos en seres asexuales.

La pregunta nos es ¿a qué le tienen miedo para no permitirse vivir una vida sexual libre e intensa como cualquier hombre? La pregunta es ¿a qué le tememos nosotros cuando sexualizamos un cuerpo incompleto o diferente al nuestro? No hay lugar para pensar que el chico ciego no llegará al orgasmo al recibir una mamada, o que el chico mudo no te dará buen sexo oral. No hay tampoco lugar para limitar conceptos de sexualidad humana en chicos con una adversidad neurológica, con un debido tratamiento y rehabilitación para ser autónomos en la medida de lo posible, por sí mismos desarrollarán una naturaleza emocional empática hacia el sexo mismo.

Alguna vez conocí a un chico que estaba perdidamente enamorado de un chico sordomudo. Eran los mejores amigos en la preparatoria. Pero el hecho de sentir atracción por alguien sordomudo parecía causarle un vuelco emocional tremendo: yo lo llamo vergüenza. Y no fue hasta el día en que no pude aguantar más y fui con ese chico a decirle que mi amigo estaba enamorado de él, que su relación pudo ser: resultaba que él estaba igual de enamorado de mi amigo, y que tras unos meses de conocerse mejor llegaron a entablar una relación que duró muchos años y en la que puedo asegurar hubo buen sexo y éste fue tan funcional y placentero como de haber sido efectuado entre dos chicos comunes.


Con esto, concluyo al decir que la discapacidad no se lleva en el deseo, sino en los límites que le imponemos a nuestra mentalidad. Si no te basta, ¿por qué no le echas un ojo a esta grandiosa película que te enseñará a entender este trinomio de la masculinidad homosexual? Hoje eu quero voltar sozinho.


AMAR Y SER AMADO EN TIEMPOS DE GRINDR


¿En dónde han quedado aquellos tiempos en los que la comunidad homosexual se enamoraba por medio de miradas, de roces discretos, del amigo del amigo, de los sonrojos o de las pláticas secretas en alguna placita de la ciudad? Seguramente esos amores quedaron confinados en el mismo sitio donde la memoria desechó los años de clandestinidad, en los armarios de los que salimos hace años, en los saunas, en las salas de Latinchat y de Messenger, en los foros de relatos, en las fiestas del amigo maricón del amigo matadito de la secu del amigo gay de closet… El amor que se callaba por miedo a ser descubiertos y juzgados por una sociedad violentamente homofóbica quedó en el pasado y en su lugar se dejó el flirteo descarado, los amores de una noche con tu ligue del antro, los guiños del Manhunt, los superlikes del Tinder y los mensajes privados de Grindr.  

De todo esto comencé a pensar desde mi última visita a Queerétaro, precisamente el último día cuando a mi llegada a la central de autobuses noté que alguien me miraba desde lejos: el amigo de un chavo súper obvio, un chico de unos 27 años, como yo, alto y delgadito, morenito claro, de brazos trabajados pero estéticos y antojables. Me saqué de onda cuando él se cruzó en mi camino y me guiñó un ojo, mientras su amigo súper obvio se reía. Fueron una o dos miradas, antes de que yo me diera cuenta que me estaba “echando el can”, pero no fue hasta que despidió a su amigo obvio para que éste abordara su autobús rumbo a una ciudad en donde lo obvio tendría que llevarse en la sangre, que él se atrevió a acercarse a mí y lanzarme una sonrisa para que yo entendiera que él estaba interesado en mí en “buena onda”, que no le interesaba coger sino ¡hablar! Podría haberme mandado otras tantas señales pero lo nuestro no habría funcionado de no ser porque yo tuve la iniciativa de acercarme y saludarlo, arriesgándome a que él me ignorase o que todo hubiese resultado una tomada de pelo. Se me había olvidado cómo ligar, y aunque él había tenido ese detalle del guiño y la sonrisa, parecía tampoco saber cómo dar el siguiente paso. Me avergüenzo al reconocer que minutos antes tenía mi celular en la mano con Grindr abierto, conversando con algún chico de la ciudad, esperando que alguien me invitara a su casa a coger, a que hubiera un motivo con forma de culo o de pene que me hiciera quedarme más horas en Querétaro. Pero lo que me hizo quedarme un rato más fue, muy contrario de lo que habría imaginado, una sonrisa tonta y una plática de varios minutos en los que mi pene no tuvo protagonismo. Y lo mejor de todo, es que fue agradable.

Hace un año terminé mi último noviazgo (uno de conflictivos 7 años) y aunque todo fue para bien, ahora que estoy justo en los 27 noto que cada vez me cuesta más trabajo relacionarme con otros chicos y me pregunto si alguna vez volveré a “enamorarme” y que este sentimiento dure aún después de haberme corrido. Ya no recuerdo cuando fue la última vez que converse “en buen plan” por más de una semana con alguien en whatsapp o en Grindr. Y creo que fue hace mucho desde que pude hacer un amigo gracias a Manhunt. Lo mío, como lo de muchos otros gays, se ha convertido en una historia de agregar, quedar, coger, eyacular, ignorar y bloquear; de un ¿qué buscas?; ¿tienes lugar?; ¿te va un trío? Y cuando en verdad me he puesto serio y he querido hacer un amigo con deseos de hacerlo mi novio, la gente me ha resultado tan superficial que termina aburriéndome su existencia y termino por dejar de contactarlo. Pareciera que mi instinto para lograr una relación amistosa de forma racional en la que el sexo no esté de por medio a través de las redes sociales me es simplemente imposible.

Empiezo a creer que es cierto, que las apps no son para encontrar amigos o novio. Empiezo a creer que la libertad que ganamos los gays entre la sociedad generó una descomposición en nuestras relaciones interpersonales. Mi mejor amigo gay de la prepa parece ser la prueba viviente de ello: por más que ha intentado agarrar novio por este medio, se ha topado con chicos que lo buscan para tener sexo y que al mostrar él su intención “en buena onda” terminan desapareciendo de su vida. Bien dicen los blogeros de Estados Unidos que la nuestra es la “generación hookups”.

No quiero ser fatalista, pero me encuentro en esa etapa en la que siento que terminaré soltero y con el corazón igual de adolorido que el culo. Me preocupa sentir que el amor es una idealización y no una realidad. Y me desespera que al resto de los chicos a mi alrededor parezca valerles una mierda, tan es así que cuando me canso de pensar tanto en esto, a mí también termina valiéndome una mierda. Y vuelvo a abrir el Grindr, vuelvo a dar likes al por mayor en Tinder, y cuando un chico deja de responder mis mensajes después de dos días, encuentro a otro, y éste es sustituido por otro, y de ellos parece que el más interesado en iniciar algo más que pasajero está a 350 km de distancia de mi ubicación.

El amor gay en tiempos de las redes sociales está a disposición de unos pocos. ¿De los que quieren? ¿De los que pueden? ¿De la perseverancia o la suerte? En los perímetros de este mundillo gobiernan las divas; los mírame pero no toques; los no me mires, no me hables, no me toques; los nunca es suficiente para mí; los no eres suficiente para mí; los chancla que tiró no  vuelvo a levanta.; ¿Qué tan cerca estoy de llegar a formar parte de esa fauna?

Me parece patético decir esto ahora cuando hace apenas diez años pensaba que esta era la frase más estúpida del mundo: me quiero enamorar de verdad.

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